Mi compañera de trabajo me pidió ayuda con la mudanza – no terminamos hasta la mañana
La petición de ayuda y el comienzo de la noche en el nuevo apartamento de mi compañera de trabajo
Nunca imaginé que una simple petición de ayuda con la mudanza convertiría mi noche en algo tan excitante. Anka, mi compañera de la oficina, siempre había sido esa atractiva morena con una sonrisa que iluminaba las aburridas reuniones de equipo. Tenía 28 años, figura de modelo y esos ojos verdes que hacían que los chicos de la empresa perdieran la cabeza. Trabajábamos juntos desde hacía dos años, coqueteábamos bromeando con el café, pero nunca cruzamos la línea de la amistad.
Esa tarde de viernes se acercó a mí en la máquina de café.
- ¡Ey, Marek, sálvame! – exclamó con fingido pánico. – Mañana me mudo al nuevo apartamento, y los chicos de la oficina me han dicho que no. ¿Me ayudas? ¡Prometo pizza y cerveza!
No pude negarme. Por primera vez sentí un escalofrío de excitación, pensando en pasar tiempo a solas con ella. A las 18:00 estaba frente a su bloque con una furgoneta llena de cajas. Anka abrió la puerta con leggings ajustados y una camiseta holgada, el pelo recogido en un moño descuidado. Olía a vainilla y sudor después de todo el día empaquetando.
- ¡Eres mi héroe! – se lanzó a mis brazos en saludo. Sus pechos rozaron mi pecho, y sentí cómo la sangre circulaba más rápido.
Empezamos a llevar las cajas. El nuevo apartamento era pequeño, pero acogedor – un estudio con una gran cama en la esquina y un balcón con vistas a la ciudad. La pizza llegó rápido, nos sentamos en el suelo entre cartones.
- Sabes, siempre me has gustado, Marek – dijo, sorbiendo cerveza. – Eres el único chico en la oficina que no es un idiota.
- Y tú eres la única mujer junto a la que olvido los plazos – respondí con una sonrisa.
La risa se convirtió en silencio. Nuestras miradas se encontraron. Realmente estaba excitado, sintiendo cómo la atmósfera se espesaba. Me levanté para llevar la última caja arriba, y ella me siguió. En el dormitorio tropecé con un cable, ella me agarró del brazo.
- Ten cuidado – susurró cerca de mi oído. Su aliento rozó mi cuello.
Me giré bruscamente. Estábamos tan cerca que sentía el calor de su cuerpo. El momento clave de tensión llegó cuando su mano se deslizó por mi pecho.
- Anka... – empecé.
- Shhh – interrumpió, poniendo un dedo en mis labios. – No hables. Ayúdame a desempaquetar la cama.
Extendimos la ropa de cama, pero nos temblaban las manos. Se quitó la camiseta, revelando un sostén de encaje negro. Me quedé clavado en el sitio.
- ¿Te gusta? – preguntó provocativamente.
- Joder, Anka, eres increíble – confesé.
Caímos sobre el colchón, besándonos apasionadamente. Sus labios eran suaves, la lengua juguetona. Le desabroché los leggings, revelando bragas húmedas. El primer toque de su piel fue electrizante. Acaricié sus muslos, ella gimió bajito.
- Marek, te quiero... toda la noche – susurró.
Pero las cajas esperaban. Volvimos al trabajo, aunque nos tocábamos y rozábamos cada rato. La noche prometía ser larga. La cerveza se acababa, y la tensión crecía. Realmente sentía que era el comienzo de algo grande.
Esa tarde de viernes se acercó a mí en la máquina de café.
- ¡Ey, Marek, sálvame! – exclamó con fingido pánico. – Mañana me mudo al nuevo apartamento, y los chicos de la oficina me han dicho que no. ¿Me ayudas? ¡Prometo pizza y cerveza!
No pude negarme. Por primera vez sentí un escalofrío de excitación, pensando en pasar tiempo a solas con ella. A las 18:00 estaba frente a su bloque con una furgoneta llena de cajas. Anka abrió la puerta con leggings ajustados y una camiseta holgada, el pelo recogido en un moño descuidado. Olía a vainilla y sudor después de todo el día empaquetando.
- ¡Eres mi héroe! – se lanzó a mis brazos en saludo. Sus pechos rozaron mi pecho, y sentí cómo la sangre circulaba más rápido.
Empezamos a llevar las cajas. El nuevo apartamento era pequeño, pero acogedor – un estudio con una gran cama en la esquina y un balcón con vistas a la ciudad. La pizza llegó rápido, nos sentamos en el suelo entre cartones.
- Sabes, siempre me has gustado, Marek – dijo, sorbiendo cerveza. – Eres el único chico en la oficina que no es un idiota.
- Y tú eres la única mujer junto a la que olvido los plazos – respondí con una sonrisa.
La risa se convirtió en silencio. Nuestras miradas se encontraron. Realmente estaba excitado, sintiendo cómo la atmósfera se espesaba. Me levanté para llevar la última caja arriba, y ella me siguió. En el dormitorio tropecé con un cable, ella me agarró del brazo.
- Ten cuidado – susurró cerca de mi oído. Su aliento rozó mi cuello.
Me giré bruscamente. Estábamos tan cerca que sentía el calor de su cuerpo. El momento clave de tensión llegó cuando su mano se deslizó por mi pecho.
- Anka... – empecé.
- Shhh – interrumpió, poniendo un dedo en mis labios. – No hables. Ayúdame a desempaquetar la cama.
Extendimos la ropa de cama, pero nos temblaban las manos. Se quitó la camiseta, revelando un sostén de encaje negro. Me quedé clavado en el sitio.
- ¿Te gusta? – preguntó provocativamente.
- Joder, Anka, eres increíble – confesé.
Caímos sobre el colchón, besándonos apasionadamente. Sus labios eran suaves, la lengua juguetona. Le desabroché los leggings, revelando bragas húmedas. El primer toque de su piel fue electrizante. Acaricié sus muslos, ella gimió bajito.
- Marek, te quiero... toda la noche – susurró.
Pero las cajas esperaban. Volvimos al trabajo, aunque nos tocábamos y rozábamos cada rato. La noche prometía ser larga. La cerveza se acababa, y la tensión crecía. Realmente sentía que era el comienzo de algo grande.
Trabajo nocturno con las cajas y la tensión creciente entre nosotros en el apartamento vacío
Las 23:00, y seguíamos colocando cosas. El sudor chorreaba por la espalda, la camiseta de Anka se pegaba a sus redondos pechos, destacando los pezones. Realmente estaba excitado como nunca, luchando contra la tentación de dejarlo todo y follármela ahí mismo. Nos sentamos en el suelo, abriendo una caja con su ropa interior – tangas de encaje, medias, vibradores.
- ¡Oh, mierda, no mires! – bromeó, sonrojándose, pero sin taparse.
- Demasiado tarde – guiñé el ojo. – Pareces una chica que sabe lo que le gusta.
Se levantó, se acercó, se sentó a horcajadas en mis rodillas.
- ¿Y tú sabes cómo excitar a una chica? – provocó, frotándose con las caderas.
Mi polla se endureció al instante. Agarré sus nalgas, las apreté fuerte.
- Te lo voy a mostrar – gruñí, mordiendo su cuello.
Nos besamos salvajemente, manos enredadas en el pelo. Le quité el sostén, chupando sus pezones – duros como piedrecitas. Gemía fuerte:
- ¡Sí, Marek... más fuerte!
Pero paré. – Las cajas esperan, cariño. Apenas estamos empezando.
Continuamos, pero la atmósfera estaba cargada de electricidad. Interrumpíamos cada rato para besos, caricias. Alrededor de las 2:00 de la madrugada terminamos por fin. El apartamento brillaba de limpio, nosotros sudados y hambrientos el uno del otro.
- Dúchate conmigo – propuso, tirando de mí hacia el baño.
Bajo el chorro de agua enjaboné todo su cuerpo. Mis dedos se deslizaron entre sus muslos, encontraron su coño húmedo. Me masturbaba despacio, mirándome a los ojos.
- Estás tan duro... por mí – susurró.
- Solo por ti, Anka. Por primera vez sentí esa cercanía con una compañera de trabajo.
Nos secamos a medias, caímos desnudos en la cama. Nos acariciamos durante horas – oral, manual. Lamí su clítoris hasta que tembló en orgasmo.
- ¡Dios, Marek, eres un maestro! – gritó.
Ella me la chupó profundo, tragando toda la longitud. La noche clave de tensión continuaba. Aún no nos habíamos follado, construyendo la anticipación. Hablábamos entre caricias.
- Siempre fantaseaba contigo en la oficina – admitió.
- Yo contigo debajo del escritorio – me reí.
A las 4:00 nos dormimos entrelazados, pero el sueño fue corto.
- ¡Oh, mierda, no mires! – bromeó, sonrojándose, pero sin taparse.
- Demasiado tarde – guiñé el ojo. – Pareces una chica que sabe lo que le gusta.
Se levantó, se acercó, se sentó a horcajadas en mis rodillas.
- ¿Y tú sabes cómo excitar a una chica? – provocó, frotándose con las caderas.
Mi polla se endureció al instante. Agarré sus nalgas, las apreté fuerte.
- Te lo voy a mostrar – gruñí, mordiendo su cuello.
Nos besamos salvajemente, manos enredadas en el pelo. Le quité el sostén, chupando sus pezones – duros como piedrecitas. Gemía fuerte:
- ¡Sí, Marek... más fuerte!
Pero paré. – Las cajas esperan, cariño. Apenas estamos empezando.
Continuamos, pero la atmósfera estaba cargada de electricidad. Interrumpíamos cada rato para besos, caricias. Alrededor de las 2:00 de la madrugada terminamos por fin. El apartamento brillaba de limpio, nosotros sudados y hambrientos el uno del otro.
- Dúchate conmigo – propuso, tirando de mí hacia el baño.
Bajo el chorro de agua enjaboné todo su cuerpo. Mis dedos se deslizaron entre sus muslos, encontraron su coño húmedo. Me masturbaba despacio, mirándome a los ojos.
- Estás tan duro... por mí – susurró.
- Solo por ti, Anka. Por primera vez sentí esa cercanía con una compañera de trabajo.
Nos secamos a medias, caímos desnudos en la cama. Nos acariciamos durante horas – oral, manual. Lamí su clítoris hasta que tembló en orgasmo.
- ¡Dios, Marek, eres un maestro! – gritó.
Ella me la chupó profundo, tragando toda la longitud. La noche clave de tensión continuaba. Aún no nos habíamos follado, construyendo la anticipación. Hablábamos entre caricias.
- Siempre fantaseaba contigo en la oficina – admitió.
- Yo contigo debajo del escritorio – me reí.
A las 4:00 nos dormimos entrelazados, pero el sueño fue corto.
El amanecer y la culminación: terminamos recién por la mañana en su nueva cama tras toda la noche de pasión
Me desperté al amanecer con Anka enredando su pierna alrededor de la mía. El sol entraba por el balcón, iluminando su cuerpo desnudo. Realmente estaba listo para el final – mi polla palpitaba dolorosamente.
- Buenos días, héroe – ronroneó, lamiendo mi pecho.
- Buenos días, diosa – respondí, metiendo los dedos en su coño. Estaba mojada como nunca.
Nos follamos despacio al principio. Entré en ella de frente, sintiendo la estrechez. Gimió fuerte:
- ¡Por fin... fóllame fuerte!
La follé rítmicamente, acelerando. Sus uñas se clavaban en mi espalda.
- ¡Sí, Marek! ¡Más profundo! – gritaba.
Cambiámos de posiciones – ella encima, cabalgándome salvajemente. Sus pechos rebotaban, el sudor corría por su vientre. El momento clave del orgasmo se acercaba.
- ¡Me corro... aaa! – gritó, temblando.
Eso bastó. La llené con mi semen caliente, rugiendo de placer.
Yacimos jadeando. Pero no era el fin – tras un descanso fuimos a por el anal. Unté su culo con lubricante de la caja.
- Suave al principio – pidió.
- Lo prometo – aseguré.
Entré despacio, ella gimió de placer. La follé en el culo, azotando sus nalgas. Otro orgasmo la sacudió.
- Eres mi ideal – susurró.
Terminamos a las 8:00 de la mañana, exhaustos. Desayuno en la cama, abrazos.
- Esto no es el final, ¿verdad? – preguntó.
- Nunca – prometí. Por primera vez sentí que era más que una aventura.
Volviendo al trabajo el lunes, sabíamos que nuestra oficina nunca sería la misma.
- Buenos días, héroe – ronroneó, lamiendo mi pecho.
- Buenos días, diosa – respondí, metiendo los dedos en su coño. Estaba mojada como nunca.
Nos follamos despacio al principio. Entré en ella de frente, sintiendo la estrechez. Gimió fuerte:
- ¡Por fin... fóllame fuerte!
La follé rítmicamente, acelerando. Sus uñas se clavaban en mi espalda.
- ¡Sí, Marek! ¡Más profundo! – gritaba.
Cambiámos de posiciones – ella encima, cabalgándome salvajemente. Sus pechos rebotaban, el sudor corría por su vientre. El momento clave del orgasmo se acercaba.
- ¡Me corro... aaa! – gritó, temblando.
Eso bastó. La llené con mi semen caliente, rugiendo de placer.
Yacimos jadeando. Pero no era el fin – tras un descanso fuimos a por el anal. Unté su culo con lubricante de la caja.
- Suave al principio – pidió.
- Lo prometo – aseguré.
Entré despacio, ella gimió de placer. La follé en el culo, azotando sus nalgas. Otro orgasmo la sacudió.
- Eres mi ideal – susurró.
Terminamos a las 8:00 de la mañana, exhaustos. Desayuno en la cama, abrazos.
- Esto no es el final, ¿verdad? – preguntó.
- Nunca – prometí. Por primera vez sentí que era más que una aventura.
Volviendo al trabajo el lunes, sabíamos que nuestra oficina nunca sería la misma.
